Por Charlie López

La defensa de la lengua es natural y plausible, ésta forma parte de nuestra identidad y de ahí el derecho que nos cabe a todos de boicotear el ingreso de palabras impropias que atentan contra su pureza.

Pero, ¿cuál es la lengua a defender? ¿El íbero, el cartaginés, el fenicio o el celta, que se hablaban en la península ibérica dos siglos antes de Cristo, o la que surge de la combinación de éstas con el latín vulgar de los invasores romanos y que da origen al español como un dialecto de éste? ¿Debemos convalidar el aporte de los moros o ponernos a trabajar de manera urgente para encontrar nuevas palabras para el café, las berenjenas, la sandía, el limón, el escabeche, las albóndigas, la acelga y el azúcar? Hasta que aparezca la nueva terminología no podremos nombrar a los mamelucos ni a las matracas. Nuestros niños no sabrán como llamar al jabalí y a la jirafa. ¿Cómo diremos ajedrez, alcohol, alcalde, albañil, taza, resma, zafra y quiosco? ¿Cómo nos expresaremos sin fulanos y menganos? No podremos decir hola y ni siquiera soñar con el paraíso por no tener un término que lo identifique. ¿Cuánto tiempo nos llevará acuñar y activar los aproximadamente cuatro mil términos con los que contribuyó el árabe?

Charlie López (Docente APJ) Master en Enseñanza de Inglés como idioma extranjero en la Universidad de Reading de Inglaterra. Es el Director Académico de Instituto BigBen, Bs As. Es el autor de : Detrás de las Palabras - Ed. Sudamericana - , En una palabra - Ed. Aguilar- . In a Word - Ed. Aguilar - , La Línea - Ed. Claridad - , Historias del Aula - Ed. Edebé - y Aulas en Conflicto - Ed. Edelvives.

Charlie López (Docente APJ) Master en Enseñanza de Inglés como idioma extranjero en la Universidad de Reading de Inglaterra. Es el Director Académico de Instituto BigBen, Bs As. Es el autor de : Detrás de las Palabras – Ed. Sudamericana – , En una palabra – Ed. Aguilar- . In a Word – Ed. Aguilar – , La Línea – Ed. Claridad – , Historias del Aula – Ed. Edebé – y Aulas en Conflicto – Ed. Edelvives.

Alguno de los alguaciles (del árabe al-wazir: ministro) de la lengua podría argumentar “El problema son los anglicismos, porque corrompen nuestro idioma sin ningún derecho histórico”. Aún así, ya es demasiado tarde. Muchos se han infiltrado en nuestro vocabulario cotidiano y gozan de una envidiable impunidad debajo de grafías que los mimetizan con sus hermanos locales u otras que por repetidas ya no parecen foráneas. Boicotear, por ejemplo, palabra que puede haber pasado desapercibida para muchos de los lectores en el primer párrafo, deriva del apellido de un militar inglés retirado, Charles Boycott (1832-1897), quien sufrió medidas conducentes al ostracismo por parte de campesinos irlandeses cuando intentó cobrar arriendos, a pesar de las malas cosechas, que culminaron con la famosa hambruna de 1881. ¿Debemos renunciar a la palabra bar o cambiarla por barra, su equivalente en castellano? Estos establecimientos toman su nombre del enrejado que se colocaba originalmente sobre sus mostradores a la hora de cierre. ¿Y qué haremos con sulky, nombre del carruaje más autóctono de nuestro campo? Su bizarra ortografía ya no parece llamar la atención de nadie. Su primera acepción en inglés significa silencioso, retraído. La relación entre ésta y el carruaje se basa en el equipamiento original de dichos vehículos que, en el siglo XIX, contaban con un solo asiento. Esto sugería que quienes lo adoptaban sufrían de algún tipo de introversión o, por lo menos, evitaban el contacto social.Deberíamos todos pasar por un proceso de re-educación que nos permitiese reemplazar de manera espontánea y fluida palabras que desde siempre forman parte de nuestro léxico. Debe además tenerse en cuenta que a veces se los utiliza sólo como eufemismos, es decir, para evitar términos burdos o poco distinguidos. No suena igual un piercing que un agujero en la oreja, ni una ventana de arco que una bow window, tampoco hornear marroncitas en vez de brownies, comer una banana partida en vez de split o tomar frutilla efervescente en lugar de strawberry fizz o fish para los que creen que hay un pez en la botella. ¡Cuánto más glamoroso es un peeling y un lifting que pelarse y levantarse la cara! ¿Como describir con palabras elegantes el problema del abuelo al que le practicaron un conducto alternativo (bypass) después de ver a varias señoritas sin la parte de arriba (topless) en una casa pública (pub) del barrio de Retiro?

¿Qué hacer entonces? ¿Aceptar, resistir o prohibir? No creo que nadie pueda ni quiera desterrar anglicismos que forman parte de nuestro vocabulario desde hace muchos años. Se han ganado el derecho legal de residencia. Podemos, por cierto, resistir el ingreso de los nuevos términos, si así lo sentimos, pero de manera pacífica, sin descalificar, sin prohibir. Las palabras no son culpables. Todas tienen derecho a existir: las buenas, las malas, las nuestras y las otras. Está en cada uno de nosotros la decisión de utilizarlas o no, es parte de nuestra libertad individual. El límite lo pondrá el entorno, nuestros interlocutores y lo que cada uno de nosotros haga para fomentar y difundir nuestra cultura, lo que a la postre y sin lugar a dudas fortalecerá nuestra lengua.