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Por Gabriel Michi, Periodista.

Ver la muestra de fotografías de José Luis Cabezas en el edificio de la Televisión Pública Argentina tiene un valor especial para todos los que compartimos la vida y el trabajo de este reportero gráfico que se convirtió en un símbolo del periodismo y la libertad de expresión en la Argentina. Que el canal estatal le brindase semejante relieve y que miles de personas y los trabajadores de la emisora pudieran conocer la obra de este fotógrafo extraordinario, más allá de aquellas que lo catapultaron al conocimiento público, es una forma de reivindicar y descubrir a un hombre que a través de su cámara expresaba periodismo y también arte.

Porque José Luis era todo eso: el hombre que ayudó con su lente sagaz y valiente a revelar los pliegos ocultos del poder en aquellos años donde el menemismo gobernaba todo. Y también aquel que lograba retratar a los personajes más disímiles con un talento indescriptible. Con un sello particular. Con una mirada única. Y eso se puede ver en cada una de esas fotografías en forma individual, como en la proyección de todas ellas si constituyesen una película.

Ver sus tomas en las paredes de un sector especial de la Televisión Pública Argentina también tiene un simbolismo profundo, porque seguramente –de no haber mediado el crimen mafioso que cegó su arte y pretendió silenciar al periodismo- José Luis se habría sentido muy orgulloso ante semejante reconocimiento.

Pero lamentablemente Cabezas no está para poder disfrutarlo. Sin embargo está su familia, sus compañeros, sus colegas y sus amigos que sabemos que ese “premio” es totalmente merecido. Por José Luis y su memoria. Pero también por la incansable lucha por la justicia que todos los periodistas, reporteros gráficos, camarógrafos y trabajadores de prensa en general dimos junto a la familia Cabezas y la sociedad en su conjunto para que este crimen no quede impune.

A casi 20 años del peor ataque a la libertad de expresión desde el retorno de la democracia en la Argentina, esta muestra subraya la calidad profesional de José Luis. Pero también desentraña por qué todos salimos a la calle para clamar que nadie se olvide de Cabezas. Porque en la impunidad de su crimen está la pretensión del silencio contra el periodismo. Y porque hubo un mensaje mafioso que se quiso dar aquel 25 de enero de 1997 cuando una banda criminal le arrebató la vida por orden de una mente mafiosa y poderosa, amparada por el poder político de entonces. El único pecado de este padre de tres pequeños chicos fue el de hacer bien su trabajo. Y por eso lo corrieron de la forma más brutal del peligroso camino de los sospechosos.

Pero lejos de apagar su cámara lo que lograron los asesinos fue multiplicarla por miles. En cada reportero gráfico. En cada camarógrafo. Y ese silencio que buscaron se convirtió en palabras y más palabas, en boca de una infinidad de periodistas. Todos persiguiendo la verdad. Todos construyendo memoria. Porque, como digo en mi reciente libro “Cabezas: Un periodista. Un crimen. Un país” está claro que así como a nosotros nos duele su ausencia, a ellos, sus asesinos, les duele su presencia.